la noche solo sabe a lluvia, XVII

Estos versos finalizan el poema “la noche solo sabe a lluvia”.

Concebido como un recorrido por el subconsciente, arraigado en la complejidad de la muerte, impregnado de simbolos arcaicos y futuros. Los cuadros de Dalí han acompañado este viaje a las profundidades de la mente. Como una antorcha ilumina la obscuridad de la caverna, los versos buscan vitalizar las sombras para humanizar la vida.

Me recreo en las estructuras basadas en los números y juego con la escalera imaginaria donde los versos descienden y suben, como los personajes de Escher. Todos están conectados como una sucesión de experiencias oníricas. Como una metáfora de la serie de Fibonacci.

 

 

 

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Salvador Dalí, El gran paranoico

 

arriba en el cielo la noche solo sabe a lluvia

las campanas tocan a difuntos su voz líquida

se transforma en letanía arcaica en símbolos

ígneos que petrifican la modernidad del silencio

el tiempo de arena el espacio etéreo una idolatrada

imagen que todo lo corrompe la ubicuidad del miedo

el camino desandado verdes remolinos de agua verde

paisajes que jamás volveremos a habitar

la noche solo sabe a lluvia, XVI

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Salvador Dalí, Aparición en la ciudad de Delft

 

si la lluvia pudiera hablar su voz sería                      un

rumor de silencios                         de bocas perennes

si el viento atrapara todos estos                       lamentos

la noche dibujaría estrellas donde solo quedan    ecos

cuando el sabor de la noche se evapora condensa

sueños en la caverna donde todas las almas duermen

como un preámbulo a la muerte se agita el recuerdo

más allá de la humedad de la tierra la voz de la lluvia

la noche solo sabe a lluvia, XV

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Salvador Dalí, Vestigios atávicos después de la lluvia

 

 

 

descansa el agua después de su sueño líquido

el ozono tiene el sabor de unos labios huecos

hay días que son solo muerte

en la infancia atávica de la piedra horadada

 

descansan las nubes de su parto acuoso

en la vejez ancestral de los paisajes desvirgados

solo queda el tiempo petrificado en la espalda

un camino sin retorno… las almas deshabitadas…

 

la noche solo sabe a lluvia, XIV

133 dalí

Salvador Dalí, El sueño acercándose

 

donde los colores dibujan sombras desnudas

en ausencia de luz en el olvido de las formas

desdibujo las geometría de la hipocresía…

hay noches que confunden mi alma

 

donde las palabras reescriben silencios de cristal

como orfebres en las pausas de los fonemas muertos

descansa mi voz como reposa el sueño arcaico

en el púlpito del miedo donde los colores son sombras

Fahrenheit 451, reloaded

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Imagen libre de derechos, Pixabay.com

en el desierto que es hoy la razón

se engendran monstruos

necrófagos habitantes de nuestra mente

súcubos que copulan

como gusanos en celo

en el subsuelo de nuestra inconsciencia

drones para la guerra de la ignominia

satélites de la vergüenza

 

para acallar la rebelión quisieron quemar todos los libros

libros que desvisten sus hojas para levantar ecos

circuncidados versos de sangre apuñalados en la cópula del desamor

en el desierto de la esclavitud fenece la libertad de soñarte libre

 

decapo la memoria

con ácidos que son los huéspedes del olvido

me abandono en las piedras que fosilizan la historia

deshabito el tiempo desde los ángulos del silencio

impregno las columnas y los capiteles

con la ferocidad de las feromonas

con la urgencia de la lujuria efervescente

con la turgencia de tus besos abstraídos

con la divergencia de mis labios corroídos

en la convergencia de dos mundos paralelos

con la indiferencia de los astros simétricos y equidistantes

en la ausencia de la razón

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Fotografía, Xabier Novella

Atardece.

Hoy todo parece plano

en ese horizonte que desafía mis sentidos.

Planas las nubes

como en una pintura impresionista.

Como un holograma ausente de volumen,

donde el viento ocupa el aire

que mis alvéolos reclaman para respirar.

Atardece de rojo y azul.

Como se desnudan las mariposas

de azul y rojo.

Para su liturgia amorosa,

invisible, en este mundo opaco y llano.

No sé por qué hoy todo sabe a planicie,

a altiplano de indiferencia.

A vivir como un gusano bidimensional

atrapado en algoritmos maquiavélicos.

Diseccionadas, por invisibles bisturíes,

nuestras almas, esas entelequias

que nadie ha visto, deambulan lisas.

Por los colores que todo lo absorben,

para deformar el tiempo y el espacio,

como un caleidoscopio nigromante

danza ante la muerte.

Todo es plano este anochecer.

La orografía de los sueños.

La música prisionera en las partituras.

El vuelo de los pájaros,

mi voz,

tu silencio.

El vacío, todo.

De Macondo a Comala

 

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Imagen licencia pública

 

Renazco y muero en los recuerdos, en las melodías que envolvieron los poros de mi piel descarnada por el olvido. Amnesia de fonemas arcaicos, silentes infografías petrificadas en el río Leteo. Renazco para morir como el viento muere en las pausas de las voces, cuando una guitarra escarba sueños en el horizonte. Todo parece efímero y a la vez eterno. Como una sístole cósmica, como un diapasón enmudecido, como un mar sin olas. Renazco y muero, la tristeza no puede cobijar tantas estrellas azules. Azules pero verdes. Verdes en la noche, azules en los paisajes deshabitados. Donde la razón es como un espejismo en el desierto. Para qué morir, si el silencio se propaga como un incendio en medio de la nada. Para qué renacer, en qué orden permutar esta confusión, donde los aullidos ya no existen, donde las sombras no hablan, donde nada es lo que parece… entonces, volver a Comala. Encender un cigarro, respirar la muerte lentamente. A sorbos, litros de nostalgia desvistiendo las penas. Emborracharse de humo, pervertir el lenguaje, esas palabras inútiles ante el misterio. Entonces, solo entonces, escribir los nombres en las paredes blancas, si la memoria alcanza… las genealogías perdidas en angostos siglos de esclavitud. Camino de Macondo el lenguaje es una nube inmensa que todo lo anestesia, como una lluvia de lágrimas amargas. En la selva profunda se escuchan voces que no fueron, ecos que perforan las huellas abandonadas. Diástole de un crepúsculo, donde convergen los sueños. Ebrio y solitario, junto a Mnemósine, exclamo sordas metáforas en los poros de mi piel exfoliada. Muero y renazco, para habitar la memoria.