Cementerio de caracolas

Imagen de MARME BEL en Pixabay
 
 
 
 Sobrevivo en la odisea de volver a tu piel de nácar,
 como vuelve la primavera en las manos de las amapolas,
 para reescribir la historia de la memoria deshabitada.
 Impreciso lugar de recuerdos intangibles, inaccesible
 como el eco de tu voz en el caparazón de la noche;
 donde las palabras se olvidan en el silencio de los árboles.
 Liviano es el sueño de este despertar hipnótico y quebradizo
 como el azul del cielo reflejado en el océano.
 Camino por la inseparable sonrisa del viento,
 mendigo de la felicidad, con las alas perforadas 
 por perdigones de sal; mientras, la luz se emborracha
 de las melodías que se evaporan en el pentagrama
 de tus labios. Busco el final del camino que se pierde en ti;
 las huellas primerizas sobre el calcáreo suelo de tu epidermis.
 La poliédrica resaca de la clorofila en los epitelios de la voz.
 La materia incandescente de los suspiros.
 El cadáver de la nieve cuando se funde con la lluvia.
 Un cementerio de caracolas para sellar mis ojos 
 con el opérculo de la espuma ingrávida del deseo. 




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